«No, presidente del Gobierno Sánchez: ahora su país ya no es ‘humano'».

Ha llegado una de esas noticias que no queríamos escuchar: España también dijo sí a la eutanasia. Así, entró en el ranking de los siete países del mundo que lo han legalizado junto a Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Canadá, Colombia y Nueva Zelanda.

La ley establece que podrán solicitar la eutanasia o el suicidio asistido las personas que padezcan una enfermedad «grave e incurable» o una enfermedad «grave, crónica e invalidante», que produzcan «sufrimientos insoportables».

Se trata de una «conquista» del Gobierno socialista encabezado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien, al enterarse de la legalización oficial, exultó: «desde hoy España es un país más humano». ¿Comprendido? «¡Más humanos!». La legalización de la eutanasia es un paso más en la política de secularización de la sociedad llevada a cabo por el PSOE, que comenzó en tiempos del gobierno de Zapatero que hoy lleva a cabo Sánchez, con el objetivo de desvirtuar definitivamente la identidad católica de España, juzgaron desde las fuerzas de la izquierda una herencia de la dictadura franquista.

¿Cómo habrá reaccionado la asociación Luca Coscioni, que lamentablemente desde hace años intenta completar la legalización de la eutanasia también en Italia? «España -comentó Marco Cappato- ha hecho en seis meses lo que el Parlamento italiano no ha podido hacer en más de 7 años: iniciar la discusión en la Comisión Parlamentaria y llegar a la aprobación de una ley». «¡Viva Italia!», diría uno, o más bien gritaría.

Frente a esta práctica inhumana, una voz entre tantas se ha alzado para denunciar la injusticia cometida por el Parlamento y es la del presidente del Colegio de Médicos de Madrid, Manuel Martínez-Sellés. De hecho, declaró: “Esta ley va en contra de la esencia de la medicina” y pidió, con fuerza, que se fomente, si acaso, el uso de los cuidados paliativos.

La Iglesia católica española, por su parte, confió a monseñor Luis Argüello, obispo auxiliar de Valladolid y secretario general de la Conferencia Episcopal, su desaprobación: «Este es el momento de fomentar una cultura de la vida y de dar pasos concretos promoviendo una testamento vital o declaraciones anticipadas que permitan a los ciudadanos españoles expresar de forma clara y decidida su deseo de recibir cuidados paliativos. Su voluntad de no ser sujeto de esta ley». De esta forma, concluyó monseñor Argüello, no provocaríamos la muerte, pero cuidaríamos “con ternura, cercanía, misericordia” de aquellas personas que se encuentran en la fase final de su existencia.

Desgraciadamente, todo intento fue en vano y la muy católica España ha perdido una gran oportunidad de hacer suya esta batalla civilizatoria. El tiempo dirá si los españoles habrán aprendido de sus errores y anularán masivamente una ley que es todo menos «humana».

Antonello Deiana

Operador sociosanitario