«Acompañando a una mujer a convertirse en una madre feliz»

Cuando una mujer, independientemente de su edad, se queda embarazada, además de su barriga, lo que sufre enormes cambios es sin duda el cerebro. Mientras en su útero el embrión se relaciona con ella a través de la diafonía (y toda una serie de precauciones que el cuerpo de la madre pone en marcha para «aceptar» al niño por nacer y acunarlo en el calor de su cuerpo), en su mente existen otras importantes cambios que han sido objeto de diversos estudios, los cuales han entendido que en el psiquismo materno se produce el llamado “anidamiento psíquico”, necesario para que la mujer madure la condición de madre.

Si se ayuda a la mujer a vivir un embarazo fisiológico de forma que desarrolle sus propias habilidades e intereses (relacionados, por ejemplo, con el lugar del parto, con la persona con la que desea estar durante el parto o incluso solo con el preparación del kit para la llegada del feto) o, cuando se encuentra frente a un embarazo que presenta patologías (previas o directamente relacionadas con el estado gestacional), se apoya en una «vía salutogénica» (la que trata de ‘ elevar’ los niveles de normalidad y ‘mantener bajos’ los niveles sintomáticos relativos a las patologías presentadas), se verá inducida a desarrollar un vínculo de apego con su hijo que luego se convertirá en un vínculo tangible tan pronto como él venga al mundo.

Cuando la madre es asistida en el parto de su hijo de manera respetuosa y gentil (lo cual es posible incluso en el caso de que tenga que enfrentar una emergencia quirúrgica), la liberación de toda una serie de hormonas fundamentales será un medio por el cual ella se enamorará de su propia criatura.

A pesar del cansancio de un parto, tal vez obligatoriamente medicalizado, la vista de tu hijo provocará una liberación inmediata de oxitocina en el torrente sanguíneo que permitirá a su sistema nervioso no sólo «suavizar» el dolor del parto, sino apegarse inmediatamente a su criatura, haciendo su cuerpo y el suyo propio, indisolublemente unidos.

Ofrecer al bebé a popa («chupar», chupar la leche del pecho) será visto como un gesto de cuidado, el primero que la madre volverá a proponer cada vez que el bebé sienta la necesidad. La necesidad infantil de calidez y contacto físico, necesarios para el desarrollo de su autonomía y el concepto de sí mismo como persona digna y querida, será la clave de la maduración del individuo. Todo niño, por pequeño que sea, necesitado de cuidados, frágil y, con muchos años por delante antes de convertirse en un ser humano adulto, es una persona humana que afrontará la vida adulta y tendrá que hacerlo solo.

Toda mujer que se convierte en madre desarrolla la empatía y la capacidad de percibir en sí misma cada necesidad del hijo: si a toda mujer se le ayudara a vivir con su hijo al menos el primer año de vida (cumplimiento de la exogestación, o el desarrollo completo de las capacidades que otros mamíferos además del hombre, poseen por naturaleza al nacer o después de algunos días/semana), su relación se desarrollaría en un diálogo que llevaría a la madre a realizarse positivamente como adulta capaz de cuidar de un niño, mientras que el niño -de ser completamente incapaz de verse ‘otro’ más allá del cuerpo de la madre- sería llevado a comprender cómo la madre será para siempre un «refugio seguro» dispuesto a acogerlo en los momentos de inseguridad y fragilidad, pero que la vida debe ser explorada y «probado».

Las madres que, tal vez informadas de su papel durante el embarazo, afrontan su maternidad abriéndose al vínculo con su hijo, se sentirían capaces de afrontar cualquier situación que la vida les imponga. Sentirse adecuada a su rol es fundamental para las mujeres madres: poder aceptar que ellas son todo lo que el niño necesita para crecer (alimento, calor, ritmo vital), sin tener que sentirse escasas – por lo que la cultura del «aquí y ahora» «y» todo y ahora «- tanto desde el punto de vista de la maternidad (o la capacidad de sentir que son todo lo que el niño necesita para crecer), como desde el punto de vista laboral (plazos, compromisos , ganancia), es necesario que la madre, sabiendo lo fundamental que es su propia persona, transmita a los hijos la belleza inherente al sacrificio (“sacrum-facere”, sacralizar) de la paternidad.

Nada le quita la maternidad a sus habilidades laborales: toda mujer que da a luz cambia su cerebro, madurando habilidades que antes no creía capaz de poseer. Además de la empatía fundamental, la madre se reinventa por completo: hay muchas experiencias de mujeres que no conocían sus pasiones, sus dotes artísticas, ni sus intereses culturales.

Matronas, psicólogas, asesoras de lactancia, pero también costureras, cocineras, nutricionistas: cuando la maternidad es acogida por la sociedad, las mujeres se inventan y se reinventan en el mejor de los casos, logrando satisfacer ambientes de trabajo cuya serenidad recae enteramente en la familia. Una madre feliz determina una sociedad feliz.

raquel sagramoso

Partera