Hablar de violencia contra la mujer o violencia de género, tal y como ahora es definida oficialmente en la sociedad contemporánea por los principales organismos nacionales e internacionales (OMS) es un tema candente y de continua discusión que llena las crónicas de nuestros diarios, TV y Medios y que -a pesar del Tercer Milenio en el que nos encontramos- no deja de hablarse de un reguero de sangre ininterrumpido y que se lleva víctimas de todas las edades, desde niñas recién nacidas hasta ancianas.

La violencia contra la mujer afecta a todas las culturas, pero claramente somos los occidentales los que más veces nos encontramos contando las víctimas que caen a manos de algún hombre cada día, en su mayoría maridos, novios, compañeros, padres y hermanos. La mujer es víctima de una condición natural que la hace físicamente más débil que el hombre y que la convierte en una persona más fácil de doblegar y destruir.

Lapidar las cifras de las víctimas más graves de la violencia de género es un rosario que no es un placer desgranar.

Los datos oficiales de nuestro país, en el periodo de mayo de 2021, ya contabilizan 80 mujeres que cayeron a manos de algún hombre al que estaban unidas por lazos de afecto, parentesco, amor. Su edad varía desde la más joven de apenas dos años (Sharon) en Como, abusada y luego asesinada por la pareja rumana de una joven madre de 28 años, hasta la más madura de 91 años. Las regiones italianas en las que más feminicidios se cometieron en 2021 son Lombardía, Puglia, Emilia Romaña, Piamonte, con 5 víctimas cada una.

La violencia de género no se limita a estos casos más graves, el asesinato de una mujer, sino que es un goteo que se manifiesta de las formas más dispares y variadas y que ya en los estudios sociopsicológicos se clasifican en físicas, sexuales, violencia psicológica, económica y espiritual (relacionada con la creencia religiosa de una mujer).

La violencia es una modalidad sutil que atraviesa todos los lazos que las mujeres tejen en su vida cotidiana con los varones y hombres de su vida (padres, hermanos, novios, parejas, esposos, compañeros, abuelos, amigos, compañeros de trabajo, etc.). La mujer se encuentra con su posible perseguidor en todos los ámbitos de su vida y la investigación social lleva años enseñándonos que no hay mujer que, al menos una vez en la vida, no haya experimentado algún tipo de violencia y maltrato por parte de una figura masculina. .

Las niñas aprenden pronto sobre la violencia, el abuso, el maltrato, la desvalorización psicológica y el escarnio en sus familias de origen, muchas veces de aquellas figuras que deberían ser designadas para protegerlas y custodiarlas en su fragilidad y vulnerabilidad. Las crónicas están llenas de casos aterradores de niñas, niñas, mujeres que han sufrido los más crueles e indecibles abusos por parte de los hombres.

Las salas de terapia también están repletas de mujeres que relatan episodios dolorosos y hechos de violencia sufridos por niñas, jóvenes y que dejan huellas, traumas difíciles de curar aún con las mejores técnicas de tratamiento clínico y farmacológico existentes en la actualidad. Los enfoques de género nos han ayudado, en las últimas décadas, a comprender las dinámicas sociales y psicológicas que subyacen en tantos casos de violencia y abuso a los que son sometidas las mujeres.

Las teorías sociopsicológicas hablan de patriarcado, de predominio de la figura masculina sobre la femenina, del «ciclo de violencia» que se repite siempre con las mismas características y del que la mujer sale con mucha dificultad por estar sometida a una figura predominante que la convierte en súcubo de su poder y control.

Ayudar a las mujeres a salir de la violencia no es un proceso fácil ni sencillo, ya que quien trabaja en los centros de lucha contra la violencia, en los servicios territoriales de psiquiatría, en los centros de consejería, en los distintos canales institucionales que promueve el Estado y las Regiones, entre ellos uno de los más conocidos, bien lo saben, en los últimos años, sin duda es el de utilidad pública número 1522 (número antiviolencia promovido y gestionado por el Departamento para la Igualdad de Oportunidades de la Presidencia del Consejo de Ministros).

Los datos de 2020 (período marzo-octubre de 2020) nos dicen que han llamado a este número 23.071 personas (un 71% más que el año anterior) y los motivos de llamada son para “pedir ayuda en caso de violencia” y para “denunciar casos”. de violencia” (en general 45,8% del total de denuncias – en 2020 hubo 10.577).

La violencia es un fenómeno muy extendido y gracias a todas estas herramientas sociales creadas en los últimos años, nuestro país también se ha alineado con los programas de prevención y tratamiento de la violencia, impulsados ​​a nivel europeo (Convenio de Instabul, 2011) e internacional. De hecho, la violencia no se puede erradicar sino mejorando todas las formas de prevención que pasan principalmente por la cultura y la educación de las personas desde la primera infancia: de hecho, el instinto humano de causar sufrimiento a otro ser humano y el instinto de matar han sido inherentes a la corazón del hombre desde los albores de los tiempos (la muerte de Abel por Caín ya la encontramos en el Génesis de la tradición bíblica).(…)

La violencia contra la mujer no puede ser derrotada sin una educación -desde temprana edad, en la familia, en la escuela, en la sociedad en su conjunto- al respeto por los demás; el otro es visto como dotado de la propia libertad de decisión y dignidad personal que debe ser siempre respetada y nunca ofendida o impedida.

La educación emocional y sentimental es una de las primeras formas de fomentar en el niño la escucha de sí mismo, el respeto por los demás, la empatía, la mentalización, la comprensión de las necesidades de los demás. Luego, en la adolescencia, será necesario continuar con la educación a la sexualidad, a la comprensión de la diversidad hombre-mujer, al reconocimiento de los diferentes roles y responsabilidades que asumen hombres y mujeres en una relación de amor pero también en contextos laborales y sociales. Enseñar que la diversidad es una riqueza no es fácil, se necesita toda una vida para entender el “mundo interior” del otro, para entender las peculiaridades de ser mujer, pero también de ser hombre.

El hombre y la mujer están llamados a un continuo y lento descubrimiento de sí mismos, de sus diferencias, sensibilidades, actitudes, expectativas. Por eso debemos apuntar a una educación permanente en los sentimientos, las emociones, el contacto con uno mismo y con los demás, la empatía, la reciprocidad; se necesita un largo camino para convertirse en «personas» y aún más para convertirse en hombres y mujeres maduros y equilibrados.

Las teorías predominantemente feministas o machistas que muchas veces dan la razón solo a uno de los dos miembros de la pareja, viendo en el hombre al único responsable del sufrimiento de la mujer (el padre-dueño de la situación), no ayudan en este terreno. , pero ni siquiera aquellas que victimizan a la mujer y no la ayudan a salir de sus patrones de comportamiento que la empujan a pasivizarse, a hacerse súcubo y subordinada a la figura masculina.

La familia, la escuela, la sociedad entera está llamada a esta evolución social de los roles masculino y femenino; quedan todavía muchos estereotipos por romper, pero no hay que derribar en formas aberrantes los que deben quedar como fundamentos de la tipicidad masculina y femenina, como la capacidad de la mujer para acoger y cuidar del otro, del marido, de hijos, de los más débiles, su maternidad que sabe dar alivio en los momentos de dificultad y sufrimiento, su belleza y bondad que hace más agradables los días; por el otro, la fortaleza del hombre que está llamado a proteger a su familia, a sus seres queridos, su determinación y valentía frente a los peligros y dificultades de la vida.

En una armonización continua de estas peculiaridades, características y roles está el camino principal que lleva a superar cualquier forma de violencia y por lo tanto en el eterno conflicto entre Eros (amor) y Thanatos (muerte) debemos ir a buscar ese impulso de Vida que empuja a eliminar la agresión, el instinto de abrumar y destruir al otro que siempre incuba en los corazones humanos no preparados para la complejidad de la existencia.

La violencia contra la mujer entonces es también una violencia muchas veces favorecida por situaciones familiares degradantes, por abusos y actos ilícitos que no son denunciados por las víctimas, por temor a represalias, o por contextos sociales y laborales en los que aún hay demasiado espacio para la falsedad” mitos ”Sobre lo que deben ser los roles masculino y femenino.

Trabajamos para erradicar la violencia de la sociedad, hagámoslo con todas las herramientas que hoy nos brindan las disciplinas sociales y psicológicas, pero nunca olvidemos cuál es el carácter antropológico-existencial que nos caracteriza como seres humanos, todos hechos de igual dignidad, pero diferentes. en las características físicas, psicológicas y sexuales.

Dra. Manuela Deidda

psicólogo-psicoterapeuta